En este inicio del 2019, hemos podido conversar con mujeres jóvenes exiliadas en México. Camila, Elena y Carmen salieron de Nicaragua en agosto del 2018. Lorena hace algunos años también tuvo que hacerlo por razones políticas. Las cuatro se animaron a platicar con nosotras.

Exilio nica en México

Por Cristina Arévalo Contreras

El 2018 será recordado en Nicaragua, como el año del despertar de las conciencias y de la indignación frente a los abusos de poder del régimen Ortega Murillo.

Es el año en el que la juventud nicaragüense a quien creímos adormecida, se levantó para decir “¡Basta de autoritarismo!” y en el que el pueblo nicaragüense ha demostrado con actos de solidaridad hermosos, que juntos ya no nos pueden parar para derrocar a este régimen oprobioso y exigir el fin de esta nueva dictadura.

Es el año en el que las feministas hemos abrazado intensamente a las y los estudiantes, al campesinado, a comunicadores/as independientes, y nos hemos hecho eco de sus demandas y viceversa. Es el año, en el que hemos compartido el dolor de las madres de abril, a quienes las fuerzas represoras de este régimen, les arrebataron a sus hijos y con ellas hemos tejido complicidades.

Es el año en el que confirmamos que el Estado ha demostrado un alto nivel de desprecio por los derechos y también por el sufrimiento del pueblo más pobre.

También ha sido el año en el que nos hemos despedido de muchas personas: de aquéllas que considerábamos nuestras amistades, pero con quiénes por profundas diferencias en nuestras formas de pensar y ver el mundo, se rompió toda posibilidad de vínculo. Y de igual manera, despedimos a miles de nicaragüenses que han tenido que salir del país para salvar sus vidas.

En este inicio del 2019, hemos podido conversar con mujeres jóvenes exiliadas en México. Camila, Elena y Carmen salieron de Nicaragua en agosto del 2018. Lorena hace algunos años también tuvo que hacerlo por razones políticas. Las cuatro se animaron a platicar con nosotras. Por motivos de seguridad, cambiamos sus nombres.

I. Camila: “Aceptar que mi vida en Nicaragua es parte del pasado y que no va a volver a ser igual”

Camila es una joven de 24 años de edad, de la ciudad de Estelí, al norte de Nicaragua. Activista feminista por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Antes de salir de Nicaragua era parte de un grupo de Teatro con quienes hacía lo que ella llama “activismo callejero”.

Salió el 30 de agosto del 2018 de Nicaragua, ahora lleva cuatro meses en la Ciudad de México. Se vio obligada a salir de su país “por motivos de seguridad”, ya que ella y su colectivo fueron víctimas de “…una campaña de amenazas en FB, amenazaron nuestras vidas, (…) y nos dijeron que ya sabían dónde nos reuníamos, que ya sabían lo que hacíamos. Nos acusaron de financiar a los grupos que protestaban, entonces tuvimos que parar nuestro trabajo y buscar cómo salir, porque ya era insostenible”.

Camila nos cuenta que todo “fue un proceso”. Al estallar la crisis lo primero que hicieron como colectivo fue parar sus presentaciones de teatro y proyectos, y sumarse a las protestas contra la represión: “Al inicio íbamos a las marchas, pero como la situación fue empeorando, nosotras decidimos parar nuestro trabajo. Y al ver que las amenazas eran muy constantes, entonces vimos que lo mejor era salir del país. Era insostenible estar ahí, porque las amenazas eran muy directas”.

El exilio tiene diversas implicaciones en la vida de quienes han pasado por esa experiencia.  El caso de Camila no es la excepción. Los costos más grandes han sido de carácter emocional “porque nunca había estado fuera del país en estas circunstancias, salir obligada. Salí así, muy rápido…No tenés tiempo de prepararte, solo agarrás tus maletas y ya”.

Además de eso, alejarse de la familia le ha dolido mucho porque estaba muy unida a ella. Ha tenido que “aprender a vivir sola en otro país y también aprender a vivir con esa impotencia de saber que estoy aquí y (ver) lo que está pasando en Nicaragua y que no puedo hacer mucho más que hacer denuncias en espacios públicos aquí. Me ha pegado fuerte”.

Sin embargo, la soledad ha sido lo más difícil para ella en la Ciudad de México, así como “el hecho de cambiar mi vida que tenía en Nicaragua y empezar una vida diferente (…) Aquí no hago las cosas que hacía allá: no estoy con mi grupo de teatro, no estoy con mi familia, no estoy con mis amistades (…) es introducirme en un nuevo mundo e intentar adaptarme. La adaptación es lo que más me ha costado y aceptar que mi vida en Nicaragua es parte del pasado y que no va a volver a ser igual”.

Sobre su estancia en México, encuentra ventajas en comparación con otras personas exiliadas, y es el hecho de haber encontrado gente que la recibió muy bien, y esas gente es sin duda las activistas feministas, quienes han hecho un trabajo de solidaridad muy hermoso con las nicaragüenses en el exilio.

En sus propias palabras dice: “Me he encontrado en espacios feministas y esa es una gran ventaja porque me he conectado con mujeres que apoyan la causa feminista y saben lo que está pasando en Nicaragua. Me siento muy identificada, muy cómoda y me han recibido súper bien”.

¿Con qué viajan las personas obligadas a exiliarse?, ¿Qué llevan en sus maletas?, ¿Qué dejan?, ¿Qué priorizan?  Camila preparó su maleta una noche antes de partir. No tenía ni idea del clima en la Ciudad de México. Alistó equipaje ligero como si fuese a volver a su país pronto.

“Me traje un bolso que dice Nicaragua. (…) también me traje mi uniforme de jugar futbol y mis zapatos. Me hizo falta traerme todos mis uniformes. Siento que me hizo falta prepararme mejor para lo del clima porque no sabía del frío, no traje tanta ropa para tanto tiempo. Me hizo falta traer mis diplomas, certificados… Me traje una cartita de mi prima… Como la idea era que iba a volver pronto no traje tantas cosas súper valiosísimas. Me traje lo básico”.

Llegó el día de la despedida de su familia. La última sensación que tuvo en ese momento y que fue quizá cuando tomó conciencia de lo que se le estaba presentando en su vida fue: “Cuando me despedí en el aeropuerto, (…) tenía miedo de no poder regresar nunca a mi país. Esa es la sensación que tengo actualmente, no poder regresar nunca a Nicaragua”.

En la distancia, ¿Cómo analizan la situación del país?, ¿Qué esperan?, ¿Qué desean las personas exiliadas? En nuestra conversación con las jóvenes entrevistadas, nos queda una sensación de desazón, pues en lo que coincidieron las cuatro es que, aunque se quiera ser positiva, como lo dijo Camila, el panorama no lo es. Tienen una visión bastante pesimista acerca del futuro inmediato.

Camila en particular lo ve “poco prometedor, pienso que es una situación que va a llevar largo tiempo…Han pasado 8 meses y el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo han destruido (al país), y creo que van a pasar muchos años para que Nicaragua se vuelva a reponer, para que vuelva a mostrar cambios…Yo veo un futuro bastante oscuro…”.

Tiene esperanza en la presión internacional y el papel que pueda jugar para derrocar al régimen, y reafirma que “Daniel y Rosario tienen que dejar el poder y tiene que haber elecciones democráticas y vigiladas.”

Volver a su país es, sin duda, su deseo y asegura que lo primero que hará será “ir a ver a todos mis seres queridos… Y volver a esos lugares donde trabajaba con el grupo de teatro, para revivir un poco esas experiencias que tuvimos juntas, como mujeres trabajando por querer una sociedad diferente. Y obviamente comer gallopinto con cuajada que tanta falta me hace…Y a jugar futbol.”

El sueño de Camila es que Nicaragua será diferente y que este régimen caerá. Se imagina un país libre, en el que volverá a ser parte de un colectivo feminista comprometido con la construcción de una sociedad diferente.

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II.  Elena: “Regresaremos”

Elena tiene 21 años, mismos que cumplió en la Ciudad de México. Es esteliana y se vio obligada a salir de Nicaragua el 30 de agosto del 2018 para resguardar su vida, porque tuvo mucho miedo a que la encarcelaran.

Era estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Facultad Regional Multidisciplinaria de Estelí (FAREM), hasta antes de que estallara esta crisis sociopolítica.

Para Elena, todo inició en abril por la quema de la Reserva Indio Maíz: “Recuerdo que estaba viendo las noticias, y miraba cómo los estudiantes y las estudiantes de la UCA, la UNAN Managua, estaban protestando porque el gobierno no daba respuesta…”

Elena era parte de un grupo feminista de Estelí con quienes hizo un “bloque feminista”, el cual siempre han sido blanco de crítica en la Alcaldía y les han llamado “feminazis”, porque según sus propias palabras “representamos un peligro porque conocemos nuestros derechos y no nos callamos”.

En la crisis sociopolítica, iniciada en abril, ella y su colectivo se unieron a las diversas marchas convocadas, sin embargo, “de repente llegaron amenazas y difamación a nuestro colectivo.  Nos acusaron de darle drogas y celulares a los chavalos, que por nosotras habían asesinado a los muchachos…”

Elena identifica que fue el 20 de abril, cuando se dio la represión más fuerte en Estelí, para ella es claro “que los disparos salieron de la alcaldía”.

Frente a este panorama, Elena tomó la decisión de salir del país “porque tenía miedo de que nos hicieran algo, que me llevaran presa, que me violaran, porque además a varios compañeros los expulsaron de la carrera, se había filtrado una lista de los estudiantes que habían iniciado eso…”

La intimidación en Estelí por parte de policía y paramilitares se agudizó y recuerda Elena “que un día pasaron por mi casa, un grupo de paramilitares y estaban golpeando todas las puertas, andaban armas hechizas y armas blancas y los sonaban en todas las puertas…Y de repente tocaron la puerta de mi casa y pensé que iban a entrar”, sin embargo, se sintió protegida por su familia pues no iban a dejar que le hicieran algo.

La universidad como sitio para el debate…

Para Elena, la universidad era el sitio en el que se debía discutir lo que estaba sucediendo en el país, y así lo hicieron; sin embargo, la respuesta de al menos uno de los profesores fue cuestionarles pues “de qué nos quejábamos si el gobierno nos aseguraba todo. El profesor Daniel nos golpeaba la mesa y gritaba muy fuerte, es muy sandinista…Al finalizar la clase decidimos que nos íbamos a unir a la lucha de los jóvenes (…) Logramos sacar a 4 aulas y empezamos a hacer pancartas. Estuvimos protestando en la puerta principal del FAREM. De repente se presentaron un montón de camionetas del Frente, iban muchos niños y niñas. Para nosotros era indignante cómo utilizaron a niños y niñas para cumplir su objetivo partidario”.

La protesta arreció

Conforme se organizaron, las y los estudiantes se quedaron afuera del recinto universitario porque la Universidad cerró los portones para asegurarse que nadie más se uniera a la protesta. Y ahí, personas simpatizantes del partido de gobierno, personas muy violentas nos gritaban y “nos arrebataban las pancartas, a algunos compañeros los golpearon. Los de UNEN querían negociar con nosotros en un auditorio, pero yo pensé que ellos querían saber quién estaba liderando la lucha. Lo que querían era que no nos manifestáramos y se sumaron más chicos y chicas de otras universidades a apoyarnos”.

“A varios compañeros los golpearon. Mis compañeras en algún momento se exaltaron y yo solo miraba a mi alrededor, y mantenía la calma para cuidar a los compañeros y compañeras.”

Los costos emocionales que ha tenido el exilio

Para Elena, abandonar lo poco que tenía en Nicaragua le ha provocado sentimientos de tristeza y soledad. Dejar de la universidad y su familia son para ella dos de los costos más altos de vivir en el exilio.

La decisión de dejar a su familia fue también para garantizarles seguridad y reducir los riesgos, pues ella fue la única que se involucró en las protestas,

Sin embargo, como muchas otras activistas que forman familias con sus compañeras de colectivo, dejarlas a ellas fue quizá lo que más le golpeó: “Eso fue de lo más doloroso, porque yo las conocí cuando me encontraba en un momento difícil y ellas fueron todo el apoyo, era como que había encontrado a las personas que me querían realmente como yo era y que no me ponían condiciones”.

Sentirse impotente

Para las personas que han tenido que dejar el país una de las rutinas que se han creado es la revisión de las redes sociales en cuanto abren los ojos, enterarse desde temprano sobre lo que pasa en Nicaragua y así sentirse cerca de los suyos. Las redes se convierten en una forma vital de conexión con el país, con la familia y las amigas.

Pero para Elena aun con esta rutina se siente impotente y con un sentimiento de culpa: “Vine aquí y siento que no puedo hacer nada por mi país. Es decir, estoy bien yo pero ¿Y las personas que quedaron…Y mi familia?”.

México como destino del exilio

Elena nunca había estado en México. Y aunque su estancia ha sido más bien positiva, no puede olvidarse de lo vivido.  Tuvo algunas malas experiencias como quedarse sin dinero o sufrir una torcedura de pie; sin embargo, trata de ser optimista, consciente de no ser la única con malos momentos.

Ha podido encontrar personas muy solidarias que le han brindado hospedaje y seguridad, para ella “que otros países y otras personas te brinden un espacio en el que podás sentirte seguro eso es bonito y te hace crecer, te hace sentir y querer seguir hasta cuando ya no tenés ganas ni de levantarte, cuando no tenés ganas de nada, cuando sentís que se terminó todo”.

El equipaje

Al salir de manera forzada del país de origen y con una maleta liviana -porque está presente la esperanza de “volver pronto”-, ¿Qué es lo que no puedes dejar?, ¿Qué es lo prioritario en tu equipaje?

Para Elena hacer su maleta fue considerar viajar con lo “más básico, lo más pequeño”, y era tal su idea de volver pronto que su maleta la hizo solo unas horas antes de salir del país y aún se pregunta por qué la hizo “tan al momento”.

“Lo que no quise dejar fueron mis collares que me regalaron personas que quiero mucho, pulseras… Un dibujo para terminarlo, un llavero que compré antes de venirme y unos aretes que me había dado mi mama”.

“Me hizo falta traer mi ropa, me hacía falta todo, las primeras semanas que estaba aquí, me di cuenta que todo me hacía falta, mi cama, mi almohada, mis cobijas…Mi familia”.

Quiero volver

Mientras viva en la ciudad de México, Elena ya ha hecho planes para el futuro inmediato, uno de ellos es continuar sus estudios y aprender lo más que pueda, para cuando llegue el momento regresar con sus hermanas, con su familia “porque ellas también van a regresar y vamos a seguir. Vamos a llegar y vamos a ayudar en lo que podamos”.

Cuando el colectivo se separó, Elena contempló la posibilidad del suicidio. La depresión es uno de los efectos más terribles del exilio forzado; sin embargo, se dio cuenta que tenía que mantenerse viva, precisamente para reencontrarse con la familia que ha construido con otras jóvenes feministas.

Elena

III.  Carmen y Lorena: Que no vuelva a pasar y no olvidar

Carmen, tiene 28 años. Salió de Nicaragua el 3 de agosto del 2018 con destino a Costa Rica y el 5 de agosto arribó a la Ciudad de México.

Como Camila y Elena, Carmen tampoco tenía pensado salir del país, pero después del ataque a los barrios orientales, despertar con el ruido de las ametralladoras, además de haberse quedado sin trabajo, su mamá le insistió en que saliera del país. Y así lo hizo.

A diferencia de Camila y Elena, Carmen eligió la Ciudad de México, porque era el país en el que conocía más gente y para ella su estancia en esta ciudad no ha sido tan difícil como pensó que podría ser.

Extraña a su familia, incluyendo a su perra y cuenta que sus padres también la extrañan, pero están contentos de que no esté en Nicaragua.

Carmen como muchas otras jóvenes, participó en las protestas y la última a la que asistió fue la del 30 de mayo, Día de las madres. Para Carmen fue una experiencia “horrible”.  Narra que después de la marcha, fue hasta entrada la noche cuando pudo llegar a su hogar: “Estaba en la UCA cuando empezaron a disparar, queríamos ir a agarrar la llegada de las madres a la rotonda… Vi pasar a un muchacho muerto, lo llevaban en moto. Fuimos a la casa de producción a dejar los equipos, y cuando salimos de ahí vimos a 4 hombres con armas, que nos dimos cuenta que eran unas Dragonov”.

Dos mochilas de equipaje…

Carmen llegó con dos mochilas: Una que es su oficina andante y otra con sus cosas personales. Dejó en Nicaragua su diario porque su mamá le prohibió viajar con más cosas, mucho menos con una bandera nacional.  Como ella menciona: “Creo que en algún momento me ocupé de desapegarme de cosas y aprender a vivir ligero.  Solo me traje ropa”.

En este momento de la conversación se suma a la entrevista Lorena, quien le recuerda que sí trajo algo de recuerdo: “Sabés qué te trajiste que me pareció muy emblemático, un boleto del Rubén Darío[i] que ibas a ir el 18 de abril a una obra de teatro y nunca lo usaste”.

Carmen, se reconecta con el recuerdo de ese día: “Sí yo ese día iba a ir con la Gloria a ver una obra a las 7 de la noche, pero dijimos: vamos a la protesta primero y después vamos al teatro. Mandé a comprar las entradas, empezó la protesta, fui a donde la Gloria, dijimos “a la verga” hay gente atrapada vamos a tratar de sacar a las que quedaron atrapadas en la farmacia en Camino de Oriente. No logramos llegar, y nos fuimos a refugiar”.

Al igual que Camila y Elena, no sabe si volverá pronto y también le asalta el sentimiento de culpa, pues antes de llegar a la Ciudad de México, pensó que “estaba traicionando, abandonando”, a su familia, a su país.

Desde fuera ven la situación nacional poco optimista

Al momento de la entrevista Carmen y Lorena estaban con una postura poco optimista con respecto al futuro del país. Para Carmen, Nicaragua está en el punto de resquebrajarse: “Yo creo que estamos a punto de una guerra civil. Todo se va a ir a la mierda (…) No le veo salida. No veo que Daniel Ortega se despierte y nos diga, “Ay sí tenían razón, ya me voy”. Es lindo esto de la revolución cívica y todo, pero no sé si vamos a aguantar. Yo soy de la opinión que ese maje solo sale muerto”.

Como documentalista, Carmen desea registrar todo, porque será una manera de exigir que no vuelva a suceder, será una manera de conjurar el retorno de la violencia y como aporte a la memoria colectiva: “Creo que lo que hay que hacer (es) un montón de documentales para que no se nos olvide esta mierda y no vuelva a pasar”.

Para Lorena, es necesario documentar que “el espíritu de la gente es inquebrantable y eso es lo que hay que recuperar y no se puede perder. No se puede olvidar eso”.

Y aunque este año, ha sido doloroso y hay que rescatar todo el dolor que se ha ocasionado a Nicaragua, Carmen insiste en “no enfocarse en lo mierda, sino en lo que queremos cambiar, el cambio real y que no hay que olvidar…No dejar que un solo movimiento, o solo una persona tenga el poder, hay que darles oportunidad a todas las voces”.

Para ambas entrevistadas, hay partes de la historia que estuvieron mal contadas o a medias, por ejemplo, Carmen menciona que ella creció “pensando que la gente de la Contra era un diablo, y realmente en estos últimos años me vengo dando cuenta que no”.

Lorena por otro lado, creció en un ambiente completamente sandinista, su familia participó en la reconstrucción del país, “hicimos muchos sacrificios por la causa, por el pueblo y todo lo que querrás, entonces uno de chico crece con todo ese idealismo y venir a darte cuenta que todo fue una mentira enorme y que este tipo, nunca dejó el poder”.

Para Lorena, esta crisis ha sido como quitarle la máscara a un hombre que la engañó a ella, a su familia y a mucha gente: “Él es dictador desde los 80, todo esto ha sido una gran mentira y él ha estado incitando a la violencia siempre, haya estado de presidente o no. Y es horrible saber que aunque una haya tenido la buena voluntad, una tuvo participación en eso…Cuántas veces fui al 6% porque yo peleaba por mi 6%, estaba en la UCA y quemamos las llantas…Éramos unos peones de este tipo para incitar la violencia. Es para no olvidar nunca, y no idealizarse ningún movimiento, ni casarse con ninguna ideología como esto de “Soy militante del frente sandinista”. Ahí ya perdimos”.

Con lo que vamos a lidiar en el país una vez que esto pase

¿Qué es lo quedará cuando la crisis termine?, ¿Quiénes van a quedar en el país?, ¿Con quiénes tendremos que convivir?, ¿Cómo lo haremos sin que el dolor y las ganas de venganza nos ganen?

Lorena menciona al respecto: “Este tipo se va a ir, pero todos los paramilitares van a quedar ahí y de verdad tiene que haber un proceso de reconciliación serio porque al final no la vamos a hacer si no estamos todos en esto”.

En eso coincide Carmen “Vamos a andar en el bus con ellos, vamos a ir a la venta y ahí va a estar el sapo[ii] de tu colonia”.

Otro ámbito que será de difícil reconstrucción, es el familiar. Carmen habla de las rupturas que se dieron en algunas familias, incluida la suya en donde sospecha que un tío suyo es paramilitar.

Por otro lado, uno de los aspectos que deja esta crisis, es a juicio de Lorena, el estigma que hay entre la población si creciste en un ambiente completamente sandinista, pero al mismo tiempo reflexiona que “si soy sandinista soy la primera que debería estar en contra de todo esto”. Pensar de esta manera les costó caro a Lorena y su familia ya que los acusaron de traidores y pagaron las consecuencias, aun cuando las críticas que hicieron no fueron de esta crisis “nosotros pasamos unos años terribles con traicionar al Frente. Viví con paramilitares afuera de mi casa como cinco años y los teléfonos intervenidos y esa fue una de las razones por las que me dijeron: Vos tenés que salir ya. Todo esto lo tuvimos que mantener en silencio (…). Desde que éste volvió a entrar en su segundo gobierno, hay mucha gente que ha sufrido la represión en silencio y con el miedo de no poder decir nada en público”.

Carmen insiste en la necesidad de la verdad, de la memoria y de no olvidar, hay que “llevarlo a un museo, escribir de eso y que el Chipote se convierta en un museo de la memoria”.

¿Hay salida a la crisis?

Lorena asegura que Daniel Ortega no se va a ir, porque no tiene a dónde ir y porque lo único que sabe hacer es lo que está haciendo actualmente en Nicaragua; y compara a Somoza y Daniel, diciendo: “Somoza era un monstruo, (…) pero esta persona es otro tipo de monstruo completamente distinto”.

Carmen y Lorena, se cuestionan la lucha cívica y que se hagan llamados a la vía cívica, sobre todo a personas que están siendo vigiladas o que están viviendo en zonas militarizadas, así lo explica Lorena: “(…) Cómo demandarle revolución cívica a personas que están completamente militarizados en sus barrios, están extrayendo a toda su gente de sus casas, Jinotega está completamente militarizado. Cómo exigirle a la gente que no puede salir de su casa…Digamos, si vos sos una mamá con tu hijo y estás viendo que cualquier día pueden ir por él, cómo puedes pedirle que siga la vía cívica”.

El dolor y la indignación ocupan un lugar principal en el estado de ánimo de estas jóvenes que fueron víctimas directas de la represión pues “Después de todo lo que pasó en la guerra, (…) venir a hacerle eso a la gente, (siendo) un partido que se dice de izquierda y que sos por la gente… ¡Qué hijos de puta, no tienen nombre!. La izquierda le falló a Latinoamérica, por eso estamos ahora de derecha ¿no? …”

Romper vínculos afectivos

La crisis de abril, también ha creado conflictos a nivel familiar y a muchas otras personas les ha llevado a romper con vínculos afectivos importantes en la vida de cada quien.

Carmen, rompió con varios familiares y amigas, una de ellas muy cercana pero que resultó ser “súper sapa”. Y sin embargo, ella considera que en el futuro habrá que reconstruir esos vínculos como parte de los procesos por los que tendrá que atravesar el país: “Habrá que escuchar a todas las voces y no caer en esa historia, como la de los contras que están locos todos. Al final tendremos que vivir con esa gente, y algún motivo tendrán… Así como yo voté por Daniel en el 2006 y después me di cuenta que no era así, ellos tendrán otros procesos… Hay que escuchar y tratar de entender”.

Lorena conoce a mucha gente vinculada al partido, pero está clara que esos vínculos no los quiere más en su vida, pase lo que pase. Para ella el acceso al poder cambió su forma de ser, por lo que es muy duro para ella ver a esas personas y al mismo tiempo pensar “Tu papá es un alma de mierda”.

No podrán olvidar lo que quedó grabado en celulares, el ataque a la catedral, el miedo del padre de Carmen al escuchar las ráfagas de balas, o estar escondida toda la familia debajo de las camas –con todo y perro -; y reclaman cómo no sentir compasión por todo esto que pasó “en tus narices, todos lo vimos, todos estábamos ahí”.

Carmen identifica el rompimiento con su tío, precisamente cuando le dijo que “todo era mentira”.  Si ella estuvo ahí, no podía aceptar que le dijeran eso.

Y Lorena insiste en la responsabilidad que tienen todos aquéllos que se nombran sandinistas y que han sido parte de lo que hoy gobierna al país “Cómo no te vas a sentir responsable. Y entonces si sos responsable cómo no vas a ser partícipe de esto y de tratar de corregirlo. No lo entiendo”.

Para ella, hay un momento en el que se debe analizar en dónde estás parada y decidir, ya que no se puede continuar con un discurso políticamente correcto, porque Nicaragua está en un punto en el que no es solo quitar a Daniel Ortega y su familia, para Lorena “Se tienen que ir todos, porque son un virus afectándonos a todos”.

Así cerramos nuestra conversación con estas jóvenes exiliadas. Al igual que Carmen, en algunos momentos intentamos reír para no llorar, pero no lo logramos.

Estamos seguras que todas ellas volverán algún día a Nicaragua, con sus familias y amistades.  Llegarán cambiadas por supuesto, pero también mucho más fuertes y con más herramientas para la reconstrucción de su país, para no dejar que les vuelvan a arrebatar parte de sus vidas.

[i] El Teatro Rubén Darío.

[ii] Sapo (a), se les llama a las personas simpatizantes del FSLN que denuncian a personas de la oposición.

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